Estar en contra de la “Realpolitik”: esto es uno de los criterios primordiales del bienpensante. Por lo general, esta postura se acompaña con el rechazo de la política gaullista. Siguiendo una dialéctica sutil, el rechazo arrogante de la Realpolitik se hizo en nombre de la “realidad” que convenía a la clase dominante: la de una Francia pequeña, que había vivido « más allá de sus capacidades. »

Fue Valéry Giscard d’Estaing quien estableció esta temática; de la cual se apropió una izquierda que quería reciclar su internacionalismo y su pacifismo dentro de los tratados de la UE. A la esfera socialista le encantó  el concepto del « Estado modesto”, con los ingredientes habituales: los derechos humanos, el derecho de intervención humanitaria contra el « egoísmo nacional »- y sin olvidar  » la Europa que debe hablar con una sola voz « . Esta mezcla de subproductos ideológicos juega para ellos el papel de doctrina para las relaciones exteriores. La oligarquía francesa está impregnada de la religiosidad estadounidense con su « guerra moral » del bien contra el mal, y  del sueño de una democracia que la economía de mercado hará nacer espontáneamente. El fracaso es total: las consecuencias de la “irrealpolitik” resultan cien veces peores que los fríos compromisos de la Realpolitik.

Después del rechazo de la cruzada estadounidense en Irak claramente expresada por Jacques Chirac y Dominique de Villepin, en 2003, los gobiernos franceses ya dejaron de impedir cualquier cosa y, finalmente, aceptaron todo. Denigrar a Rusia se ha vuelto una temática oficial. Después de participar estúpidamente en la « guerra moral » para el Kosovo, Francia abandonó toda política en los Balcanes, entregados a los potentados locales, a procónsules occidentales y a una corrupción endémica. Del mismo modo acabamos de abandonar a Afganistán a su destino trágico. Con Arabia Saudita y Qatar, los principios morales y democráticos fueron sacrificados sin el menor escrúpulo a los acuerdos comerciales “rentables” de los cuales la historia nos pedirá cuentas  tarde o temprano. En Siria, François Hollande y Laurent Fabius levantaron la bandera de la lucha contra el despotismo, entregando en el mismo momento armas al Frente Al-Nusra, una rama de Al Qaeda, contra el dictador de Damasco.

El proyecto de bombardeos sobre Damasco, bloqueado por el voto del Congreso de los Estados Unidos, hubiera sido una buena oportunidad para definir las verdaderas preguntas. Pero no fue el caso. En Irak los aviones franceses bombardearon Daech  “de ayudantes” sin efecto significativo. Decidimos bombardear a Siria en contra de todo derecho internacional, mientras continuamos militar para que Assad se vaya. François Hollande no ve que los Estados Unidos están poniéndose de acuerdo con Rusia para acomodarse del régimen sirio, por falta de alternativa clara.

Si Francia quiere recoger su lugar en el mundo, los gobiernos futuros tendrán que abandonar la mezcla de discursos moralistas, de negocios sin escrúpulo, de corrupción evidente, y finalmente de obediencia humillante a las decisiones estadounidense o alemana. Es urgente volver a los principios que guiaron en sus mejores momentos, la diplomacia francesa.

Los Estados dan prioridad a los intereses nacionales sobre las afinidades ideológicas y solidaridades religiosas. Los reyes de Francia y de Castilla tenían un proyecto de alianza con Tamerlán contra los otomanos; los reyes de Francia estuvieron aliados de los mismos Otomanes contra Viena; Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia se aliaron con la Unión Soviética contra Alemania. Los Estados desarrollan relaciones con los Estados, no con regímenes políticos. Estos hechos constantes y las evoluciones geopolíticas priman sobre simpatías y antipatías en la búsqueda de compromisos, los únicos que permiten garantizar la paz.

Francia no ha de tener “amigos”. Sus alianzas se eligen según sus propósitos y pueden cambiar. Así, por su posición geográfica protegiendo a Francia por el este, Alemania Occidental era un aliado importante durante la Guerra Fría. Ahora la cuestión es más bien de acabar con la dominación alemana. En Europa continental, la alianza con Rusia es esencial y la bajada de la influencia estadounidense es altamente deseable. En el Medio Oriente, una solución política a muy largo plazo se debe encontrar en consulta con los rusos, los iraníes y los demás estados de la región – evitando que Estados Unidos sea maestro del juego. Francia nunca recuperará su potencia si no desarrolla sus capacidades militares, económicas, y sus intercambios culturales. Y tampoco  si no reafirma su soberanía.

Editorial de « Royaliste – 2015